
fizzchatwin3i87p


El hijo de Lancelot y una diosa
La historia comienza en una época futura, muchos años después de los acontecimientos que marcaron la era de los Cuatro Caballeros del Apocalipsis. El mundo ha cambiado, las generaciones han avanzado y los hijos de aquellos héroes han comenzado a ocupar sus propios lugares en la historia. Entre ellos se encuentran los Caballeros del Santo Grial: Galahad, Kardeiz, Llywarch, Lohengrin y Ysaÿe, una nueva generación vinculada directamente con los legendarios Caballeros del Apocalipsis. En nuestra historia, junto a ellos existe una sexta figura fundamental: Evangelín, , una verdadera miembro de la raza de las Diosas.
Evangelín no es humana ni una simple descendiente de las Diosas. Ella pertenece directamente a la raza divina. Desde muy joven demostró poseer una cantidad de poder extraordinaria, muy por encima de lo que normalmente se esperaba incluso de alguien perteneciente a su raza. Su magia estaba principalmente relacionada con la luz y con las capacidades propias de las Diosas, y durante su juventud llegó a alcanzar un nivel de poder que hacía que muchos la consideraran una de las personas más importantes y peligrosas de su generación.
En su época original, Evangelín podía manifestar una forma divina mucho más poderosa. Cuando alcanzaba ese estado, podía desplegar seis enormes alas de Diosa y liberar una cantidad de energía luminosa que superaba por mucho la que actualmente es capaz de utilizar. Aquella Evangelín era capaz de proteger a otros caballeros, enfrentarse a enemigos extremadamente poderosos y utilizar sus dones para ayudar a quienes la rodeaban.
Precisamente por ese poder, Evangelín fue enviada junto a los Caballeros del Santo Grial. Su propósito no era simplemente acompañarlos ni observar sus movimientos. Su misión era protegerlos.
Los Caballeros del Santo Grial eran jóvenes que cargaban con una responsabilidad enorme debido a su origen y a la época de la que provenían. Por eso Evangelín debía funcionar como una especie de protección adicional para el grupo. Si alguno de ellos estaba en peligro, ella debía intervenir. Si un enemigo demasiado poderoso aparecía, ella podía enfrentarlo. Si alguno de los caballeros perdía el control de su poder, Evangelín podía ayudarlo.
Y, entre todos ellos, existía una persona con la que tenía una conexión particularmente profunda.
Galahad.
Galahad y Evangelín se conocían desde que eran pequeños.
Mucho antes de convertirse en Caballeros del Santo Grial, mucho antes de que sus nombres tuvieran importancia dentro de la historia, ellos simplemente eran dos niños que crecieron juntos.
Galahad conoció a Evangelín antes de que ella se convirtiera en la poderosa Diosa que todos terminarían admirando. La vio crecer. La vio aprender a controlar sus habilidades. La vio entrenar. La vio cometer errores. La vio cansarse después de utilizar demasiado poder. La vio reír y enfadarse. Conocía a Evangelín cuando todavía no tenía la responsabilidad de proteger a nadie.
Y Evangelín también conocía a Galahad de la misma manera.
Ella no lo veía simplemente como el hijo de Lancelot.
No lo veía únicamente como uno de los futuros Caballeros del Santo Grial.
Para ella, Galahad siempre había sido Galahad.
Ese vínculo fue creciendo con los años.
Lo que comenzó como una amistad de infancia terminó convirtiéndose en algo mucho más profundo. Galahad terminó enamorándose de Evangelín.
Y no fue algo pasajero.
Evangelín se convirtió en la única mujer por la que Galahad desarrolló verdaderos sentimientos románticos. Nunca tuvo otra relación ni otro interés amoroso que pudiera compararse con ella. Para Galahad, Eva era simplemente la persona que había estado a su lado durante prácticamente toda su vida.
Por eso, cuando llegó el momento de viajar al pasado, Evangelín no era solamente una compañera de misión para él.
Era la persona que amaba.
El viaje temporal, sin embargo, cambió muchas cosas.
Los Caballeros del Santo Grial fueron enviados al pasado por circunstancias relacionadas con los acontecimientos que rodeaban a Camelot y a los Cuatro Caballeros del Apocalipsis. En el presente se encontraron con una época que para ellos pertenecía al pasado de sus propios padres y antepasados. De repente, personajes que para ellos solamente existían en historias familiares o recuerdos de generaciones anteriores estaban vivos delante de ellos.
Galahad tuvo que enfrentarse a una situación todavía más extraña: encontrarse con su propio padre, Lancelot.
El viaje al pasado también significaba enfrentarse a una realidad que ninguno de ellos había experimentado antes.
Pero para Evangelín ocurrió algo que nadie esperaba.
El viaje temporal afectó sus poderes.
Ella seguía siendo una Diosa. Su raza no había cambiado. Su esencia divina seguía dentro de ella.
Pero su poder ya no respondía de la misma manera.
La Evangelín del futuro podía utilizar una cantidad enorme de energía luminosa. Podía alcanzar su forma divina y manifestar sus seis alas. Podía liberar técnicas que ahora mismo serían imposibles para ella.
Después del viaje, todo eso cambió.
Evangelín todavía podía utilizar magia de luz.
Todavía podía luchar.
Todavía podía protegerse.
Todavía seguía siendo una Diosa.
Pero ya no era capaz de utilizar su poder como antes.
Su magia se había debilitado.
Sus ataques eran menos poderosos.
Su resistencia había disminuido.
Y, sobre todo, ya no podía manifestar sus seis alas como lo hacía en el futuro.
Para Evangelín, esto fue mucho más doloroso de lo que los demás podían comprender.
Porque ella había sido enviada precisamente para proteger a los Caballeros del Santo Grial.
Ese era su propósito.
Ella había sido considerada una de las personas capaces de mantenerlos a salvo.
Y ahora, después de llegar al pasado, comenzó a preguntarse si realmente podía cumplir aquella misión.
Evangelín empezó a sentirse impotente.
No porque los demás la consideraran inútil, sino porque ella misma comenzó a sentir que ya no era la misma persona que había sido.
Recordaba perfectamente de lo que era capaz.
Recordaba cómo podía manifestar sus seis alas.
Recordaba la cantidad de luz que podía controlar.
Recordaba cómo podía intervenir en una batalla y cambiar completamente el resultado.
Y ahora, cuando intentaba repetir algunas de aquellas técnicas, su cuerpo se agotaba mucho más rápido.
A veces podía utilizar una cantidad considerable de magia y terminar completamente exhausta.
Otras veces intentaba alcanzar aquel nivel de poder que alguna vez tuvo y simplemente no podía.
Eso comenzó a afectar su confianza.
Evangelín seguía siendo poderosa, pero ella sabía que había perdido una parte de lo que alguna vez tuvo.
Y Galahad lo sabía mejor que nadie.
Él había conocido a la Evangelín del futuro.
Había visto todo lo que podía hacer.
Por eso podía notar inmediatamente la diferencia.
Sabía cuándo ella estaba forzándose demasiado.
Sabía cuándo estaba utilizando más energía de la que debería.
Sabía cuándo intentaba ocultar su cansancio.
Y, sobre todo, sabía cuándo Evangelín estaba empezando a sentirse inútil.
Galahad jamás la consideró inútil.
Nunca pensó que Evangelín hubiera dejado de ser poderosa.
Para él, ella seguía siendo Eva.
La misma chica que había conocido desde pequeña.
La misma persona que había amado durante años.
La misma Diosa que había visto crecer.
Por eso comenzó a protegerla todavía más.
Galahad no lo hacía porque creyera que Evangelín fuera incapaz de defenderse.
Sabía perfectamente que podía hacerlo.
Simplemente sabía que ella ya no podía permitirse recibir el mismo daño que antes.
Si Evangelín utilizaba demasiada magia, Galahad estaba allí.
Si ella terminaba agotada después de una batalla, Galahad estaba allí.
Si un enemigo intentaba aprovecharse de su debilitamiento, Galahad estaba allí.
Y si alguien la tocaba con intención de hacerle daño, su comportamiento podía cambiar completamente.
Galahad normalmente era tranquilo.
Podía bromear.
Podía conversar con los demás.
Podía mostrarse confiado.
Pero cuando Evangelín estaba en peligro, toda esa tranquilidad desaparecía.
Su primera reacción siempre era buscarla.
"Eva."
Si no respondía:
"Eva."
Si la veía herida:
"Eva, ¿estás bien?"
Y si ella intentaba levantarse aunque estuviera claramente agotada:
"Eva, no."
Galahad podía ser insistente cuando se trataba de ella.
No soportaba verla lastimada.
Y mucho menos soportaba que alguien intentara aprovecharse de su estado actual.
Si alguien la golpeaba, la agarraba o la hería deliberadamente, Galahad podía volverse furioso.
No necesitaba gritar.
No necesitaba hacer una escena.
Su expresión simplemente cambiaba.
Se colocaba delante de Evangelín y observaba al responsable con una frialdad completamente distinta.
Porque para Galahad, una cosa era enfrentarse a un enemigo.
Otra muy diferente era ver cómo alguien hacía daño a Eva.
A pesar de eso, Galahad siempre intentaba respetar la independencia de Evangelín.
Sabía que ella no quería convertirse en alguien que necesitara ser protegida constantemente.
Sabía que parte de su frustración provenía precisamente de sentir que había perdido una parte de su independencia.
Por eso Galahad nunca quería hacerla sentir débil.
Él no quería que Evangelín pensara:
"No puedo protegerme."
Quería que pensara:
"No tengo que enfrentar todo sola."
Esa diferencia era muy importante para él.
Galahad tampoco le ocultaba sus propios problemas.
Aunque normalmente era reservado con los demás, con Evangelín podía hablar de lo que le ocurría.
Si algo lo preocupaba, se lo contaba.
Si algo lo enfadaba, podía hablar con ella.
Si estaba confundido por los acontecimientos del pasado, buscaba a Eva.
Ella era su persona de confianza.
La única con la que podía bajar realmente la guardia.